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DICHO:»PONER LAS MANOS EN EL FUEGO»




Poner las manos al fuego: «Aquel a quien la llama no queme debe ser creído», se lee en el más antiguo código hindú. Durante muchos siglos y en las culturas más diversa fue común recurrir a la prueba del fuego para averiguar si el acusado de un delito grave -como la hechicería en la edad media- era o no culpable.

Las leyes anglosajonas, por ejemplo, establecían cuantos pasos debía caminar el incriminado sosteniendo en la mano un hierro caliente de un peso determinado.

Si lograba llegar al final sin soltarlo, era proclamado inocente, de lo contrario,  puesto que el juicio de Dios le había resultado adverso, se lo condenaba a muerte.

La frase se emplea hoy  para responder de la veracidad o de la conducta de una persona que se considera digna de absoluta confianza.

Firmar un aval, salir en defensa de alguien que está más allá de toda sospecha, recomendarlo sin cortapisas, son modos atenuados de poner las manos en el fuego, en tiempos que ya no  rigen aquellos bárbaros procedimientos judiciales.

De no ser así, ¿cuanto se animarían a arrimar un solo dedo, aunque apenas se tratara de la  llama de un fósforo a punto de apagarse?.

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